Vuelvo a la misma esquina de mi habitación todos los días.
Me siento contra una esquina. Una pierna recogida, la otra sobre el frío mármol.
Jugueteo con el mechero en mis manos, y al final decido encender un pitillo.
El humo del cigarro cigzaguea en pequeñas volutas.
Cierro los ojos, y echo la cabeza hacia atrás.
He vuelto a mi habitación, tranquilo, sosegado, sabiendo a dónde quiero ir, ahora en una esquina, más tarde en mi cama, luego, mi mesa.
